Relax

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jueves, 2 de febrero de 2012

CUENTO DE TRISTEZA





Había una vez, una triste muchacha que miraba melancólica el fondo del acantilado en el que se reflejaba su tristeza, el amor añorado, la incomprensión del mundo que la rodeaba. Bajo un cielo gris que acompañaba su tristeza, dejaba atrás un mundo lleno de esperanzas, de alegría y de amor, se sentía utilizada, desvalida, estaba ya harta. Había enseñado sus cartas, había enseñado a los demás lo que escondía en lo mas profundo de su ser, había desnudado su amor, su ternura, su sensualidad, su bondad, su esperanza, no podía mirar mas atrás porque se sentía desnuda y utilizada por quienes conocen su interioridad mostrada sin tapujos. No quería volver la vista atrás, quería cambiar, ser mas fuerte ante los demás, quería evitar que su bondad y su ternura la traicionasen en un mundo hostil, incomprensivo e interesado que la rodeaba. No se daba cuenta que a la oscura noche le sigue el aterciopelado manto del amanecer y la calida luz del nuevo día que esta por llegar, que al triste gris de los nubarrones y la lluvia le sigue la claridad y el aroma del ozono lleno de vida evaporándose de la tierra feliz por haber sido alimentada.
En el fondo del acantilado rompían las olas contra las rocas llenas de furia, destruyendo la vida que encontraban a su paso. Pero atrás, a sus espaldas, se oía lejano el jolgorio de la vida, el suave aletear de la abeja posándose sobre la bella flor para absorber su néctar y llevar tras de si el polen de la vida a otro lugar en el que seria bien recibido y como muestra de su agradecimiento la próxima vez que volviera la deleitaría con otra bella flor, radiante y hermosa, con mas néctar jugoso y sabroso. La abeja lo sabía y vio de lejos a esa triste muchacha al borde del acantilado, pensativa, perpleja, triste. Se acerco a ella, se mostró insistente entre sus preciosos ojos que emitían el triste brillo que precede a una lágrima. Ante su molesta insistencia la joven por un momento dejo su mente en blanco ante la insolente insistencia de la abeja y por un momento fue como si la mente del pequeño insecto se interconectase con la suya. Volvió a escuchar tras de si el regurgitante sonido de la vida, el eco de las risas de la gente, la fiesta en la aldea y a lo lejos vio como el brillante sol resurgía esplendoroso detrás de las nubes en todo lo alto y borraba la sombría apariencia de la tormenta, se levanto y volvió tras de si, dejando atrás el acantilado y el sonido estremecedor de las furiosas olas al estampar contra las rocas. Se dirigió con paso firme y cabeza erguida hacia la aldea, llena de vida y de fiesta, decidida a seguir siendo como era, con sus pros y sus contras, a seguir aprendiendo de la vida y como andar por ella, pero nunca, nunca, volvería a arrepentirse de su bondad, de su sensibilidad, de su dulzura ni de su amor. Al penetrar por sus calles vio a un joven que intuitivamente la miro, resplandecía una luz de el como un aura, muy similar a la suya, se cruzaron, pero aun siguiendo caminos opuestos sus miradas se seguían manteniendo, quedaba el resto del día para seguirse conociendo.

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