Relax

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viernes, 11 de enero de 2013

FELICIDAD y TRISTEZA






Una le­yen­da aus­tra­lia­na cuen­ta la his­to­ria de un he­chi­ce­ro que pa­sea­ba con sus tres her­ma­nas cuan­do se les acer­có el más fa­mo­so gue­rre­ro de aque­llos tiem­pos.

—Quie­ro ca­sar­me con una de estas tres be­llas don­ce­llas —dijo.

—Si una de ellas se casa, las otras su­fri­rán. Busco una tribu en la que los gue­rre­ros pue­dan tener tres mu­je­res —res­pon­dió el he­chi­ce­ro, apar­tán­do­se.

Du­ran­te tres años, ca­mi­nó por el con­ti­nen­te aus­tra­liano, sin con­se­guir en­con­trar tal tribu.

—Por lo menos una de no­so­tras po­dría haber sido feliz —dijo una de las her­ma­nas, cuan­do ya es­ta­ban vie­jos y can­sa­dos de tanto andar.

—Es­ta­ba equi­vo­ca­do —res­pon­dió el he­chi­ce­ro—. Pero ahora ya es tarde.

Y trans­for­mó a las tres her­ma­nas en blo­ques de pie­dra, para que quien por allí pa­sa­se pu­die­se en­ten­der que la fe­li­ci­dad de uno no sig­ni­fi­ca la tris­te­za de otros.


jueves, 10 de enero de 2013

EL TESTAMENTO

 
 
El pia­nis­ta Artur Ru­bins­tein se re­tra­só para la co­mi­da en un im­por­tan­te res­tau­ran­te de Nueva York. Sus ami­gos em­pe­za­ron a preo­cu­par­se, pero Ru­bins­tein fi­nal­men­te apa­re­ció, acom­pa­ña­do de una rubia es­pec­ta­cu­lar a la que do­bla­ba la edad.
Aun­que co­no­ci­do por su ta­ca­ñe­ría, esa tarde pidió los pla­tos más caros, y los vinos más raros y so­fis­ti­ca­dos. Al final, pagó la cuen­ta con una son­ri­sa en los la­bios.
—Sé que debe de ex­tra­ña­ros —dijo Ru­bins­tein—, pero hoy fui al abo­ga­do a hacer mi tes­ta­men­to. Le dejé una buena can­ti­dad a mi hija, a mis pa­rien­tes, hice ge­ne­ro­sas donaciones a obras de ca­ri­dad. De re­pen­te, me di cuen­ta de que yo no es­ta­ba in­clui­do en mi tes­ta­men­to: ¡todo era para los demás!
»A par­tir de ese mo­men­to de­ci­dí tra­tar­me con más ge­ne­ro­si­dad».

martes, 1 de enero de 2013

LA CUCHARA





Un estudiante de zen se quejaba de que no podía meditar: sus pensamientos no se lo permitían. Habló de esto con su maestro diciéndole:

"Maestro, los pensamientos y las imágenes mentales no me dejan meditar; cuando se van unos segundos, luego vuelven con más fuerza. No puedo meditar. No me dejan en paz".

El maestro le dijo que esto dependía de él mismo y que dejara de cavilar. No obstante, el estudiante seguía lamentándose de que los pensamientos no le dejaban en paz y que su mente estaba confusa. Cada vez que intentaba concentrarse, todo un tren de pensamientos y reflexiones, a menudo inútiles y triviales, irrumpían en su cabeza.

El maestro entonces le dijo:

"Bien. Aferra esa cuchara y tenla en tu mano. Ahora siéntate y medita".

El discípulo obedeció.

Al cabo de un rato el maestro le ordenó:

"¡Deja la cuchara!".

El alumno así hizo y la cuchara cayó obviamente al suelo. Miró a su maestro con estupor y éste le preguntó:

"Entonces, ahora dime quién agarraba a quién, ¿tú a la cuchara, o la cuchara a ti?.